Roger Federer y su carta de amor al tenis
Roger Federer ya no necesita hablar de Grand Slams ni de semanas como número uno. Ese capítulo está cerrado y grabado en mármol. En su lugar, el ocho veces campeón de Wimbledon eligió reírse de sí mismo y de sus pequeñas manías para explicar una carrera irrepetible.
No habló de trofeos. Habló de cintas para el pelo.
“Entre 1998, cuando empecé en el circuito ATP, y mi retirada en 2022, llevé más de 5000 cintas”, recordó, con una sonrisa cómplice. “Eso es más que [Bjorn] Borg y [John] McEnroe juntos”. Una estadística tan absurda como deliciosa, muy a la altura del hombre que convirtió el tenis en arte.
Luego fue a por los pies. “Y si eso os impresiona, probablemente llevé más de 7000 pares de calcetines. Seguramente el doble que muchos de mis rivales, porque me los ponía dobles”. No era una cifra oficial, pero sí una imagen perfecta: Federer, obsesivo con los detalles, capa sobre capa, también en la ropa, también en la rutina.
Debajo de las bromas, asomaba algo más profundo. “En realidad, no hay forma de medir lo que significa estar aquí. Es difícil ponerlo en palabras”, confesó, ya dejando de lado el chiste para mirar de frente a su propia historia: de recogepelotas de 13 años en un torneo ATP en Basilea a leyenda universal del deporte.
Agradecimientos
Ahí cambió el tono.
“Quiero agradecer de verdad a cada recogepelotas que estuvo en mis partidos, o en los nuestros, durante horas y horas”, dijo. “Os veo. Os doy las gracias. Yo fui uno de vosotros”. Esa línea no fue una frase hecha; fue un puente directo a su pasado, a ese niño que miraba a los profesionales desde la línea de fondo y soñaba con ser uno de ellos.
Las emociones terminaron por desbordarle. Federer tuvo que secarse las lágrimas mientras mencionaba a su ídolo Stefan Edberg, a otras estrellas del circuito, a su familia y al equipo que le acompañó en cada etapa de su carrera. “Necesito pañuelos y gafas de sol y todo lo que me proteja ahora mismo”, bromeó, intentando aliviar un momento que lo superaba. “Esto es un desastre”. El público se rió con él, pero la voz quebrada contaba otra cosa.
No era solo un discurso de agradecimiento. Era un cierre de círculo.
“Ha sido un viaje increíble”, resumió. No sonaba a tópico; en su caso, la frase tenía peso, años, derrotas, resurrecciones, rivalidades que marcaron una era. Para Federer, el escenario del International Tennis Hall of Fame no era un simple podio honorífico. Era un espejo. “Para mí, el International Tennis Hall of Fame ofrece una gran oportunidad para mirar atrás, pero también para mirar hacia adelante”.
Ahí dejó claro que su relación con el deporte no terminó con el último punto en 2022. “Como podéis ver, sigo escribiendo mi carta de amor al tenis”, aseguró. “Mi tiempo como jugador ha terminado, pero el tenis siempre estará en la intersección de todo lo que más me importa: mi familia, nuestras amistades, los últimos 40 años, el futuro que estamos construyendo. El tenis, para mí, es responsable de todo”.
No hizo falta hablar de finales épicas ni de estadísticas demoledoras. Bastaron unas cintas, unos calcetines y un niño de 13 años en Basilea para entenderlo todo: Federer ya no compite, pero su historia con el tenis está lejos de haber dicho la última palabra.




