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Shelton tumba a Alcaraz en una madrugada histórica

NUEVA YORK — Lo que ocurrió entre Ben Shelton y Carlos Alcaraz no fue solo un partido de tenis. Fue un combate a puño limpio disfrazado de noche de Grand Slam, una pelea de pesos pesados que se estiró hasta las 3:33 de la madrugada y que dejó un nuevo récord: el final más tardío en la historia del US Open.

En la pista, raquetas, pelotas, iguales y ventajas. En el ambiente, otra cosa: un Arthur Ashe Stadium lleno, casi 24.000 personas instaladas como si hubieran pagado por ver una velada estelar. El primer pelotazo llegó a las 23:05 hora local. El último, un ace a 146 mph, cayó más de cuatro horas después. 6-7(5), 6-1, 6-3, 1-6, 7-6(10-7). Shelton de rodillas, rugiendo a los fieles que se negaron a irse a dormir.

“Eso fue una guerra. Partido épico. Muy físico”, dijo Shelton. Y no exageraba.

Un inicio de guantes altos

El guion, al principio, parecía el esperado. Un intercambio de bombazos, dos estilos opuestos y magnéticos: el atleta acrobático estadounidense contra el artista español, capaz de dibujar ángulos que el resto del circuito ni imagina. Se golpeaban fuerte, pero ninguno encontraba la combinación letal.

Hasta que apareció el clásico giro que acompaña a Alcaraz. O a sus rivales.

Con 5-5 en el primer set, Shelton aguantaba el pulso a un siete veces campeón de Grand Slam algo más errático de lo habitual. Bastaron un par de errores sueltos, algún primer saque que no entró, y Alcaraz encontró el break que suele marcar la diferencia.

Solo que esta vez el libreto se rompió. Shelton devolvió el golpe de inmediato. Le quebró el servicio al español, ayudado por dos derechas descontroladas que se fueron muy lejos. Alcaraz venía de casi cinco meses parado por una lesión de muñeca; en otro jugador sería normal. En él, que había ido afinando el nivel en sus cuatro primeros partidos, sonaba extraño.

El desempate fue una montaña rusa. Intercambio de fallos, tensión a flor de piel y un punto de esos que se quedan en la retina: carrera, estiradas imposibles, improvisación acrobática y un globo suave de Shelton que obligó a Alcaraz a deslizarse de espaldas a la red. El estadounidense se colocó 5-3. El estadio se inclinó hacia él.

Y entonces llegó la ráfaga marca de la casa.

Alcaraz apretó. Forzó un error de revés de Shelton, encontró un revés paralelo que abrió la pista, clavó una derecha fulminante a la línea y remató el set con otro punto de pista entera, con un globo reflejo y un tweener salvaje de Shelton que solo sirvió para retrasar la trampa. Primer set para el español. Otro cruzado directo a la mandíbula del americano. Todo ese esfuerzo inicial, y nada en el marcador. Una historia que Shelton ya conocía frente a Alcaraz y Jannik Sinner.

El campeón se vacía, el retador se suelta

Lo que vino después cambió el tono de la noche. Shelton perdió esa primera batalla, pero algo se había vaciado en Alcaraz.

En los siguientes 80 minutos, el partido se volcó. El segundo set fue una pesadilla para el español: 17 errores no forzados por solo 8 golpes ganadores. Shelton le rompió el servicio una, dos, tres veces. El 6-1 cayó como una bofetada. No era un espejismo. El estadounidense había pasado por encima del campeón para igualar el duelo.

El tercer parcial siguió la misma línea. Shelton, en modo agresor, golpeando con el saque al cuerpo, empujando a Alcaraz hacia los rincones, mandando siempre hacia delante. Otro break temprano. El español tardó en reaccionar, como si necesitara despertarse de una siesta a medianoche. Recién a mitad de set aparecieron los puños cerrados, los “vamos”, los intentos de encenderse.

Shelton, sin embargo, no se arrugó. Con 5-3 y al saque, sufrió una última arremetida. En 30-30, otro punto de locura: dejadas cruzadas imposibles, carreras a toda velocidad, y un Alcaraz que lo cerró con una derecha enroscada mientras corría hacia el fondo. Era el típico punto que suele encender sus remontadas.

Shelton lo sabía. Caminó hacia la toalla. En el camino, su padre y entrenador, Bryan, se inclinó sobre el videomarcador y le tendió la mano. Un gesto simple: vas bien, sigue corriendo.

Toque de manos. Mensaje entendido. Tres saques potentes, tres errores del rival. Set al bolsillo. Shelton se ponía a uno de la meta.

En el banquillo, Alcaraz se quedó con la cabeza entre las rodillas. Parecía fundido. Al levantarse para el cuarto set, caminaba como si las piernas pesaran toneladas. Un error de derecha le dio a Shelton una oportunidad de golpe definitivo. La dejó ir con un revés largo. Otra bola corta de Alcaraz, otro fallo, esta vez de derecha del estadounidense. Dos puertas abiertas. Dos golpes que no entraron.

Shelton no se alteró. El español estaba regalando opciones. Ya llegarían más. No llegaron.

Alcaraz, desorientado durante buena parte de la noche, encontró una vía de escape con un saque y volea de dejada tras un resto a la línea. Otro error de Shelton, un grito del español y, de pronto, el campeón volvía al combate.

El tenis cambia en segundos. Hace un par de minutos, Shelton parecía en control absoluto. De golpe, no encontraba la pista. Alcaraz olió la sangre, lo hizo correr de lado a lado y le rompió el servicio por primera vez desde el final del primer set, ganándole uno de esos intercambios de esquina a esquina que desgastan el alma.

Ya eran casi las dos de la mañana. Unas 10.000 personas seguían en las gradas. Shelton, contra las cuerdas. La noche prometía irse a los puntos. Dicen que nada bueno pasa después de las dos. No han visto a dos extraterrestres del tenis decidir que esa es la hora de despertar.

El quinto set, a golpe limpio

Quinto set. 2-2. Alcaraz conecta una derecha brutal y se gana una bola de break. Huele a sentencia. Shelton dice que no. Retrocede dos pasos, salta y aplasta un remate que manda al español al suelo. Luego, otro latigazo de saque, juego al saco y la pista estalla. Shelton agita la raqueta. Pide ruido. El “U-S-A, U-S-A” retumba en la madrugada neoyorquina.

Son las 2:45. Bryan Shelton está de pie. No está de más tener a tu padre vigilándote a esas horas. A las 2:51, Shelton y Alcaraz superan el récord del final más tardío del torneo, aquel cuarto de final de 2022 entre el español y Sinner que abrió una puerta al futuro y cambió el presente del deporte.

Ahora tocaba otra escapada. Esta vez, para Alcaraz.

Shelton tuvo tres oportunidades para colocarse a tiro de servir para el partido. En una de ellas, flotó una subida a la red desde el centro de la pista, en lugar de atacar con todo. La pelota botó suave. De inmediato, las luces de los postes de la red se tiñeron de rojo. Ojo de halcón. No esta vez.

En la siguiente, Alcaraz sacó un passing cruzado corriendo, perfecto. En la tercera, Shelton estrelló un revés en la red. El reloj marcaba las 3:00. El desenlace se retrasaba un poco más.

A las 3:20, casi 14 horas después de que la primera pelota del día se hubiera puesto en juego en el mayor estadio de tenis del mundo, solo quedaba una cosa por disputar: un superdesempate a 10 puntos. El eco de los “Let’s go Ben” bajaba en cascada desde las gradas. Aplausos, gritos, algún silencio punteado por un sonido inesperado: el pitido de los camiones de basura preparando el Billie Jean King National Tennis Center para el amanecer y otra jornada más.

Shelton se adelantó 3-1. Luego, tres errores en cuatro puntos. Un latigazo de derecha de Alcaraz. El español apagó el rugido del estadio durante unos instantes.

El campeón, sin embargo, empezó a perder precisión. El “Let’s go Ben” regresó con más fuerza. Shelton clavó otro saque. Alcaraz mandó una derecha larga. Dos puntos. Eso le separaba del triunfo.

Con 8-7 y servicio, el partido se quedó en su raqueta. Saque al cuerpo. 9-7. Una bola más. Ace. Nocaut.

Shelton levantó los brazos en la madrugada de Nueva York. Un estadounidense no levanta un Grand Slam desde hace 23 años. El domingo, uno estará en la final tras el duelo entre Shelton y Frances Tiafoe.

Tal vez, en realidad, la fiesta del tenis masculino estadounidense acaba de empezar.