Trinity Rodman: El talismán de Ben Shelton en el US Open
En un US Open dominado por las raquetas, una futbolista se robó parte del foco. Trinity Rodman, delantera de Washington Spirit en la NWSL y pareja de Ben Shelton, se convirtió en uno de los rostros más reconocibles del torneo, señalada por muchos como el “amuleto de la suerte” del tenista estadounidense en su camino hasta su primera final de Grand Slam.
La máxima goleadora mediática no estaba sobre el cemento de Nueva York, sino en la grada. La jugadora mejor pagada del fútbol femenino mundial, hija de la leyenda de la NBA Dennis Rodman —con quien mantiene una relación distante—, acompañó a Shelton durante todo el torneo. Se la vio vibrar con cada punto, sufrir con cada break y lucir incluso una camiseta con un mensaje inequívoco: “I love my boyfriend”.
Esta vez, el talismán no alcanzó.
Shelton cayó en cuatro sets (6-3, 7-6(2), 5-7 y 6-2) ante Alexander Zverev, en una batalla de 3 horas y 33 minutos. Un examen de madurez que el alemán superó y que dejó al estadounidense con una mezcla de orgullo y dolor. En el centro de esa montaña rusa emocional, un nombre: Trinity.
“Ella lo significa todo”, confesó Shelton tras la final, con la voz quebrada. No hablaba solo del día, sino del trayecto. “Hemos hecho muchos sacrificios el uno por el otro y hemos viajado por el mundo para apoyarnos mutuamente”, explicó, subrayando una relación que se ha construido entre aeropuertos, hoteles y calendarios imposibles.
El viaje de Rodman a Nueva York fue el último ejemplo. Venía de disputar un partido de NWSL con Washington Spirit, un duro 0-3 encajado ante Boston Legacy. Apenas terminó su compromiso liguero, cruzó el país para intentar llegar a tiempo a la cita más grande en la carrera de Shelton.
“Iba a ser casi imposible que pudiera venir, pero el simple hecho de hacer el esfuerzo e intentarlo es increíble”, reconoció el tenista. Y añadió un detalle que retrata la escena: “Llegó justo cuando yo estaba perdiendo, lo que seguro fue una decepción para ella…”.
En la Arthur Ashe, las cámaras la buscaron una y otra vez. En los cambios de lado, en los puntos clave, en los silencios pesados tras los errores de Shelton. Al final, durante el discurso del subcampeón, Rodman ya no pudo contenerse. Shelton la hizo llorar de emoción desde el micrófono, mientras intentaba poner en palabras lo que significaba aquella quincena.
“Este es mi lugar feliz. Es el sitio donde más me gusta estar y desearía que este torneo no terminara nunca… Esta derrota duele mucho”, admitió. No sonaba a tópico. Sonaba a alguien que había tocado la puerta de la gloria y se había quedado a un paso.
Zverev, nuevo campeón, también entendió el peso de la figura de Rodman en esta historia. En plena ceremonia, se giró hacia ella y la incluyó en su discurso, con una sonrisa cómplice: “Trinity, pensé que hoy tenías un partido, ¿no? Felicidades también para ti. Eres el amuleto de la suerte. Hoy no, pero normalmente sí”.
La frase del alemán arrancó risas en la pista, pero también resumió algo más profundo: el cruce entre dos mundos de élite, tenis y fútbol, unidos por una pareja joven que ya vive con la exigencia y la exposición de las grandes estrellas.
Shelton se va de Nueva York con un trofeo de subcampeón, una herida deportiva abierta y una certeza personal: su “lugar feliz” no es solo una pista dura bajo las luces de la Arthur Ashe, sino también la presencia de Trinity Rodman en la grada, aunque esta vez ni siquiera su “buena suerte” pudiera cambiar el marcador.




