Zheng Qinwen recupera su fuego en Nueva York
Zheng Qinwen se dejó caer sobre la pista, boca arriba, como si por fin soltara meses de peso acumulado. Un segundo después ya estaba de pie, puño al aire, grito contenido. No era solo el pase a tercera ronda del US Open. Era la confirmación de que su tenis –y su carácter– han vuelto a escena.
La campeona olímpica de oro en 2024 superó a Yulia Putintseva por 6-4, 2-6, 6-1, un marcador que apenas insinúa el combate interior que arrastra desde hace más de un año. En 2025, la ex número cuatro del mundo vivió un calvario: lesiones, una operación de codo, una recuperación más larga de lo previsto y una sensación desconocida para ella, la de no reconocerse en la pista.
“Antes de la cirugía, para mí ganar era como beber agua: todo salía natural, todo fluía”, explicó tras el triunfo.
Esa fluidez desapareció. Volvieron las grandes rivales, pero no las victorias: “Después de la cirugía tuve partidos duros contra las mejores jugadoras del mundo y estoy cerca, pero no los saco. Perdí totalmente la dinámica de cómo competir”.
Ese verbo, competir, se convirtió en su obsesión. El ranking se desplomó hasta el puesto 125, un golpe directo al orgullo de alguien acostumbrada a las pistas centrales y a los focos. De pronto, tocaba hacer maletas antes que nadie, llegar a Nueva York y pasar por el peaje que nunca imaginó: la fase previa.
Le costó asumirlo. Lo admite sin rodeos. “Me llevó un tiempo aceptar que mi ranking bajó al 125 y que, vale, realmente tenía que jugar la qualy”, confesó. Tres partidos de clasificación, pistas secundarias, horarios discretos. Mucho esfuerzo para alguien que “solía jugar siempre en la pista grande”.
Pero ahí, en ese territorio incómodo, empezó a recuperar algo más valioso que cualquier posición en la clasificación: el instinto. El colmillo. “Ahora, después de dos, tres meses, realmente sentí por primera vez en este torneo que me encontré a mí misma, que recuperé mi fuego durante la competición”, dijo, casi más satisfecha por la sensación que por el resultado.
Ante Putintseva, ese cambio se notó en el tramo decisivo. Tras ceder con claridad el segundo set, Zheng no se desmoronó, como sí le había ocurrido en otras citas desde la operación. Ajustó, apretó, se agarró a cada punto. El 6-1 final del tercer parcial fue una declaración: la jugadora que dominaba partidos importantes no se ha ido, solo estaba fuera de ritmo.
El premio no es menor. Desde la qualy, Zheng ya se ha instalado “en el grueso” del cuadro principal y su siguiente obstáculo será de máxima exigencia: Madison Keys, antigua campeona del Australian Open, con un billete a octavos en juego. Un duelo que huele a gran escenario.
Zheng lo sabe y lo desea. Tras dos rondas en pistas alejadas del ruido principal de Flushing Meadows, apunta de nuevo a los grandes aforos. “Yo solía jugar siempre en la pista grande”, recordó, con un punto de nostalgia y otro de desafío. “Necesito pelear para recuperarlo todo”.
El ranking, los focos, las grandes noches. Pero, sobre todo, esa sensación que ningún número refleja: la de volver a mirar una pista de tenis y pensar, sin dudarlo, que ahí dentro vuelve a mandar ella.




