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Alexander Zverev: Campeón del US Open 2026

Alexander Zverev volvió a la línea de fondo de Arthur Ashe como si el partido siguiera vivo. Repitió la rutina, miró al otro lado de la red, respiró hondo. Listo para sacar otra vez.

No hacía falta. Ya era campeón del US Open.

El alemán, ahora dueño de dos grandes en apenas tres meses, había cerrado un triunfo maduro y contundente ante el local Ben Shelton por 6-3, 7-6 (7-2), 5-7 y 6-2. Pero su mente seguía atrapada en el punto siguiente, en ese “estado de trance” que tantas veces se predica y tan pocas se ve de verdad.

Solo cuando su equipo le gritó desde el box entendió lo que había pasado. El gesto cambió de inmediato: de la concentración absoluta a una sonrisa amplia, casi incrédula, antes de levantar los brazos hacia el cielo neoyorquino.

Del derrumbe de 2020 al acero de 2026

Seis años atrás, en esa misma pista, Zverev se había derrumbado. Ganaba por dos sets a cero a Dominic Thiem, llegó a sacar para el título en el quinto parcial y acabó perdiendo una final que lo dejó roto. Aquel día, entre lágrimas, confesó ante el público que soñaba con “algún día poder llevarse el trofeo a casa”.

Ese día ya llegó. Y no una, sino dos veces en un mismo año de Grand Slam.

Campeón de Roland Garros en junio, campeón del US Open en septiembre, Zverev ha dado la vuelta a una historia que parecía condenarlo a la etiqueta de talento incompleto. “Estaba en la zona, no escuchaba ningún ruido”, explicó después, aún asimilando que, por un instante, se había olvidado incluso del marcador. Esa vieja máxima de los entrenadores –jugar siempre el siguiente punto, ignorar el contexto– por fin se hizo carne en el momento más grande de su carrera.

“2026 es el resultado de todos los años que pasaron antes”, resumió el número dos del mundo. Una frase seca, pero que encierra años de frustraciones, lesiones, dudas y trabajo físico llevado al límite.

Una familia en primera fila y una batalla ganada fuera de la pista

En 2020, sus padres no pudieron acompañarlo en la final de Flushing Meadows. Esta vez, Alexander Zverev padre, también su entrenador, estuvo a pie de pista, siguiendo cada saque, cada cambio de lado, cada gesto de su hijo.

El alemán no se olvidó de nadie en su círculo más íntimo. Especialmente de su madre, figura central desde que, de niño, le diagnosticaran diabetes tipo 1. “Cuando los médicos te dicen que la vida y el deporte serán muy limitados para ese niño, hace falta una madre muy fuerte para responder: ‘mi hijo será lo que él quiera ser’”, recordó Zverev. “Mi madre es la persona más importante y más fuerte que conozco”.

Antes de conquistar Nueva York, este 2026 ya era el mejor año de su carrera: semifinales en el Abierto de Australia, final en Wimbledon, títulos en Roland Garros y ahora en el US Open. Un calendario de gigante.

Las lesiones de Jannik Sinner y Carlos Alcaraz abrieron un hueco en la cima que parecía blindada. Zverev lo aprovechó. Pero no solo por ausencia de rivales: su nueva fortaleza mental y un nivel físico descomunal lo han colocado al frente del pelotón.

“Físicamente no hay nadie como Zverev, está ahí arriba”, analizó Marion Bartoli en la radio británica. Comparó su condición con la de Alcaraz, Sinner y las versiones más temibles de Novak Djokovic y Rafa Nadal. No es un elogio menor.

De las madrugadas maratonianas al silencio interior

El camino en Nueva York no fue un paseo. En las dos primeras rondas, Zverev se vio obligado a llegar al quinto set, con partidos que terminaron de madrugada, cuando la ciudad ya había bajado el volumen. En el debut estuvo a dos puntos de la eliminación. Sobrevivió. Desde la tercera ronda hasta la final, no volvió a ceder un solo set.

La final le ofrecía un reto distinto: Shelton, un cañonero sin complejos, y 24.000 personas volcadas con el estadounidense. Un escenario perfecto para que reaparecieran los fantasmas de 2020. Esta vez no ocurrió.

Zverev apagó el ruido exterior. Gestionó el ambiente con frialdad quirúrgica, contuvo las emociones, se sostuvo incluso cuando perdió el tercer set y el estadio rugió como si el partido acabara de empezar de nuevo. No soltó el control del duelo. No se dejó arrastrar por la ola.

“Admiro su fortaleza de carácter y el estado zen en el que ha estado desde el primer punto”, apuntó Annabel Croft. Lo que más le impresionó fue precisamente esa escena final: un campeón que no sabe que ya lo es, porque su mente sigue atrapada en la tarea, no en la gloria.

Un nuevo orden en la cima

Treinta años estuvo el tenis alemán sin un título de Grand Slam masculino. En tres meses, Zverev ha levantado dos. El dato pesa. Marca un cambio de era para un país y para un jugador que parecía condenado a vivir a la sombra de una generación dorada.

Djokovic y Nadal ya no dominan el calendario. Sinner y Alcaraz han frenado por las lesiones. El hueco está ahí. Zverev, con 29 años, piernas infinitas y una cabeza que por fin responde en los momentos de máxima presión, se ha colocado en la primera fila.

La pregunta ya no es si podrá ganar un grande. Esa se respondió en París y se ratificó en Nueva York. La cuestión ahora es otra: ¿cuántos más puede añadir a esta colección que, por fin, ha empezado a construirse?