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Caleb Wilson: La Esperanza de los Bulls en Chicago

El 22 de agosto, los alrededores del United Center parecen día de partido grande. No hay balón al aire, pero hay algo incluso más poderoso: expectativa. Chicago hace fila, literalmente, para conocer a un chico de 20 años que aún no ha jugado un solo minuto oficial con los Bulls, pero que ya carga con una palabra que esta franquicia casi había olvidado: esperanza. Es la presentación de Caleb Wilson ante su nueva ciudad.

Las colas para el meet-and-greet se enroscan por el atrio. El siguiente evento del Bulls Fest es un concurso de volcadas en el estacionamiento, con Wilson como uno de los jueces. Antes, se para frente a la estatua de Michael Jordan, grita, saca la lengua para un video de hype y enciende a la multitud. La imagen golpea: el pasado más glorioso del equipo, en bronce, frente al chico al que le piden que trace el futuro.

La ilusión viene de lejos. Desde junio, para ser exactos, cuando los Bulls usaron el pick 4 del draft para llevarse a la estrella de North Carolina. Desde entonces, en Chicago se repite la misma idea: Wilson como nuevo rostro de la franquicia, el reinicio que necesitaba un equipo que se ha quedado fuera de playoffs en ocho de las últimas nueve temporadas.

El verano en Las Vegas solo avivó el fuego. En su primer partido de summer league, Wilson firmó 35 puntos, la segunda cifra más alta para un debutante en la historia del torneo, con siete triples convertidos. Siete. Más de los que metió en toda su temporada freshman en North Carolina.

En el segundo juego, voló por encima del pívot de 6-11 de Utah Jazz, Jonas Aidoo, para machacar una de las jugadas más repetidas en los resúmenes del verano. Para el cuarto y último partido, Kevin Garnett ya estaba sentado a pie de pista, curioso por ver de cerca al novato al que empezaban a compararle. Mismo 6-10, mismo cuerpo largo y delgado de 215 libras, misma sensación de atleta distinto.

Draymond Green fue más allá en su podcast. Dijo que el suelo de Wilson podría ser el propio Garnett. El suelo. “Si ese es tu suelo, dios mío. ¿Sabes lo grande que fue KG?”, lanzó el ala-pívot de Golden State Warriors. Palabras mayores. Y, aun así, en la liga pocos se atrevieron a desmentir el impacto del chico en Las Vegas.

“Parece que tenemos un tipo de verdad”, resumió una fuente de la franquicia a ESPN. Traducido: Chicago cree haber encontrado algo alrededor de lo cual construir.

Un nuevo pilar para una estructura casi completamente renovada. Arriba del todo, Bryson Graham, fichado como jefe de operaciones de baloncesto con fama de saber encontrar talento joven y construir desde el draft. Su primera gran decisión en el banco: Tiago Splitter, técnico con un historial marcado por historias de desarrollo exitosas. Después, el núcleo: Wilson, más veteranos como Norman Powell y Nic Claxton, y un mensaje claro de prioridades. El proyecto 2026-27 gira alrededor del crecimiento del novato.

“Queremos ver crecimiento interno de nuestros jóvenes y también de los veteranos”, explicó Graham. “Un equipo que represente bien a esta ciudad, que juegue duro y que siga creciendo y desarrollándose”.

La diferencia con otros años es el contexto. Pese al ruido que genera Wilson en el resto de la liga, en los despachos de los Bulls insisten: no hay urgencia por pelear ya por play-in o playoffs en un Este cargado de talento. Después de años intentando atajos hacia la relevancia, Chicago apuesta por algo poco habitual en su historia reciente: paciencia antes de la resurrección.

Wilson, en cambio, no se guarda nada cuando habla de sus metas personales. “Espero ser Rookie of the Year, honestamente”, dice. “Voy a trabajar duro. Haré lo que haga falta. Siento que el equipo es muy bueno para mí y para cómo imagino jugar”.

Un tiro nuevo, una rutina obsesiva

Lo más llamativo de su debut en Las Vegas no fue solo la cifra. Fue el cómo. Esos siete triples superaron todos los que había anotado en su único curso universitario. Su tiro exterior era, hasta hace unos meses, el gran interrogante de su juego. Junto con la lesión que cortó su temporada en febrero y lo dejó fuera del torneo de la NCAA, fueron los principales argumentos para que cayera hasta el cuarto puesto del draft, por detrás de AJ Dybantsa, Darryn Peterson y Cameron Boozer.

Wilson señala al sistema de North Carolina para explicar parte de esa versión contenida. Allí no le pidieron lanzar desde fuera: apenas 1,1 intentos de tres por partido. Pero también reconoce que, en cuanto acabó la temporada, convirtió el tiro en su obsesión.

“Me alegro de no haber tirado triples en la universidad”, confesó este verano tras un entrenamiento. “Porque si lo hubiera hecho, no estaría aquí. No sé dónde estaría. No creo que sería un Bull”.

Una fractura de pulgar y otra en la muñeca izquierda pusieron punto final a su año universitario. El yeso le inmovilizaba el pulgar, recto, sin poder doblarlo. Pero podía sostener el balón y repetir el gesto. Y eso hizo. Una y otra vez. Todo el verano.

Hoy calcula que lanza entre 2.000 y 2.500 triples al día. Una cifra que habla tanto de necesidad como de carácter. Dentro de la organización, su ética de trabajo impresiona tanto como sus mates.

Lloró antes de su debut profesional, justo cinco meses después del último partido con North Carolina. Dijo que llevaba demasiado tiempo esperando ese momento. Mientras otros top picks fueron “guardados” tras dos o tres partidos de summer league, él pidió más. Le escribió a Graham para jugar el segundo día de un back-to-back en el tercer encuentro de Chicago en el torneo.

En cuatro partidos, promedió 23,5 puntos, 7,3 rebotes, 1,3 robos y 2,5 tapones. Fue incluido en el primer quinteto de la summer league. Cuando le contaron que sus 35 puntos suponían uno de los mejores estrenos de la historia del evento, se encogió de hombros: el equipo había perdido.

Fuera de Las Vegas, su verano ha sido casi monástico. Ha pasado la mayor parte del tiempo en Chicago desde el draft. Entrena por la mañana en la instalación de práctica y vuelve a las 8 o 9 de la noche, a menudo junto al otro rookie de primera ronda, Dailyn Swain, elegido con el número 15. Las sesiones se alargan hasta cerca de la medianoche.

“Todo el mundo habla de su atletismo, que es generacional”, dice Swain. “Pero puede hacer muchas cosas. Es muy bueno atacando de cara desde el codo, con el primer paso. Tiene un tiro de media distancia muy sólido. Y está metiendo triples, así que está ampliando su arsenal”.

Splitter, Graham y un proyecto a fuego lento

El primer gran movimiento de Graham al tomar el mando fue llamar a Tiago Splitter. Necesitaba un entrenador cuya visión encajara con la suya: desarrollar, conectar, construir.

Splitter viene de firmar una sorpresa mayúscula: como técnico interino, llevó a Portland Trail Blazers a playoffs desde el séptimo puesto del Oeste. Sin embargo, en su presentación en Chicago, ni él ni Graham vendieron la idea de repetir ese salto inmediato.

El dirigente prefirió subrayar su historial con jugadores en crecimiento: el salto de Deni Avdija hasta convertirse en All-Star en Portland, su trabajo en el staff de desarrollo de Brooklyn Nets con Jarrett Allen en 2019, o su paso por Houston Rockets en 2023 ayudando a un joven Alperen Sengun.

“Lo primero es conectar”, explica Splitter. “Esa es la base de todo lo que haces, especialmente a este nivel. Si no tienes eso, es muy difícil exigir y ganarte el respeto. La base es conectar con los jugadores de diferentes maneras”.

Con Wilson, el vínculo empezó pronto. Y por un camino poco habitual: la música. A Splitter le sorprendió el rango de gustos del chico. A sus 19 años, Wilson se puso a aprender guitarra en su tiempo libre este verano. Toca de todo: hip-hop, clásica, country.

“Es un chico muy interesante”, cuenta el entrenador. “Ves cómo funciona su mente y la variedad de cosas sobre las que puede conversar”.

Splitter dirigió a los Bulls en los dos primeros partidos de la summer league. Quería marcar desde el inicio la cultura con sus jóvenes. Para un técnico todavía en pleno proceso de definición, era un laboratorio perfecto: una franquicia hambrienta de victorias, un grupo joven, expectativas renovadas.

“Es muy detallista”, resume Wilson. “Sabe lo que quiere que hagas y es bastante serio. Muchos entrenadores están bromeando todo el rato. Tiago es serio y sabe lo que quiere. Yo prefiero a alguien serio y directo conmigo, así sé en qué puedo mejorar”.

En verano, Wilson actuó como base y principal generador de juego. Un rol que Garnett nunca tuvo. Esa responsabilidad se reducirá cuando empiece la temporada, con Josh Giddey, Powell y el alero de tercer año Matas Buzelis compartiendo la creación tras iniciar 77 partidos el curso pasado.

“Eso construye un entorno sano”, apunta Graham. “Les da confianza a los jóvenes porque saben que, cuando las cosas van mal, tienen a tipos que ya han estado ahí, que han ganado, que han tenido éxito y de los que pueden aprender. Es muy importante para el desarrollo general de nuestros jugadores jóvenes y la salud del equipo”.

Splitter ya ha demostrado que no es un técnico rígido. En Francia, al mando de Paris Basketball, llevó al equipo a playoffs de EuroLeague con un ritmo altísimo. En Portland, la seña de identidad fue la defensa. Chicago es su primera oportunidad de moldear desde cero un grupo joven a su imagen.

“Tienes que adaptar tu sistema a los jugadores que tienes”, insiste. “Sí, tengo una visión, una forma en la que quiero jugar, pero también hay que explorar qué hacen mejor ellos. Eso es lo que vamos a hacer aquí”.

Ese es, en esencia, el encargo: guiar y cuidar a un grupo que aún está aprendiendo a ganar.

Como ya es tradición, los jugadores de los Bulls se reunieron la semana pasada en Miami para un minicamp organizado por ellos mismos, unas semanas antes del training camp. Un gesto sencillo, pero revelador: el vestuario intenta adelantarse al calendario, generar química antes de tiempo.

Mientras tanto, el ruido alrededor de Wilson sigue creciendo. Él lo escucha, pero no se esconde.

“Espero ganar”, dice. “Lo que haga falta para ganar, eso es lo que voy a hacer”.

Chicago lleva años buscando a alguien que pueda decir esa frase y hacerla creíble. Ahora le toca demostrar si, esta vez, el futuro realmente ha llegado.