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Monza: El Templo de la Fórmula 1

En blanco y negro, el primer fotograma: 1950, Gran Premio de Italia. Giuseppe Farina, con su Alfa Romeo, remata en Monza la temporada inaugural de la Fórmula 1 y se proclama campeón del mundo. Título, victoria y himno en casa. Nadie más ha vuelto a coronarse campeón mundial en su propio país. El mito del “Temple of Speed” empieza ahí, entre árboles, rectas interminables y un rugido mecánico que Italia adoptó como banda sonora nacional.

Los años de los gigantes

Avance rápido a 1953. En la parrilla se alinean tres apellidos que definen una era: Farina con Ferrari, Juan Manuel Fangio con Maserati y Alberto Ascari con Ferrari, al otro lado. Entre ellos se reparten los ocho primeros campeonatos del mundo. Fangio gana aquella carrera, pero el título ese año se lo lleva Ascari. Monza ya es algo más que un circuito: es el escenario donde los colosos se miden a cielo abierto.

La imagen de 1956 es casi irreal. Fangio, Stirling Moss y Peter Collins se lanzan sobre el peralte, esa muralla inclinada que se usó hasta 1961 y que aún hoy sobrevive como un fantasma de hormigón. Gana Moss con Maserati. Fangio y Collins comparten el segundo puesto, después de que el británico le entregue su Ferrari al argentino. Esos puntos le dan a Fangio su cuarto título. Caballerosidad, cálculo frío y gloria, todo en la misma tarde.

Velocidad, tragedia y gloria amarga

En 1961, Monza muestra su cara más cruel. Wolfgang von Trips, piloto de Ferrari, está a un paso del campeonato cuando choca con el Lotus de Jim Clark en la segunda vuelta. El coche del alemán sale despedido hacia un talud repleto de público. Mueren él y 14 espectadores. La fotografía previa a la carrera, con von Trips tranquilo junto a su coche, duele con el peso de lo que se sabe que vendrá.

Seis años después, en 1967, el ambiente es muy distinto. Graham Hill, con Lotus, se ajusta el casco en boxes rodeado de su familia. Entre ellos, un niño de seis años: Damon Hill, que casi tres décadas después será campeón del mundo. Monza no solo fabrica héroes; también presencia el momento en que empiezan a forjarse.

Antes de que llegaran las chicanes, el trazado convertía las carreras en duelos de rebufos, cambios de posición casi en cada recta. En 1969, Jackie Stewart cruza la meta con su Matra apenas unas décimas por delante del Lotus de Jochen Rindt, del Matra de Jean-Pierre Beltoise y del coche de Bruce McLaren. Los cuatro primeros, separados por menos de dos décimas. Una foto de llegada que resume lo que significaba correr sin red en Monza.

Un año después, otra imagen se clava en la historia: Nina Rindt en el muro, cronómetro en mano, siguiendo la vuelta de Jochen. Poco después, el austríaco pierde la vida camino de la Parabólica, casi seguro por la rotura de la suspensión de su Lotus. Semanas más tarde, se convierte en el único campeón póstumo de la Fórmula 1. Monza, otra vez, como escenario de una coronación envuelta en luto.

En 1971, el circuito vuelve a ofrecer un final de locura. Peter Gethin, con BRM, gana por delante del Lotus de Ronnie Peterson, el Tyrrell de François Cevert, el Surtees de Mike Hailwood y otro BRM, el de Howden Ganley. Entre los cinco primeros solo hay seis décimas. Un suspiro. Una exhalación. Y otro capítulo para el archivo de fotofinish imposibles.

Personajes, cicatrices y un deporte que se mira al espejo

En 1973, la escena es casi costumbrista: pilotos y miembros de equipo se lanzan a una carrera a pie por el circuito, organizada por Frank Williams. Al frente va James Hunt, torso desnudo, pero es el propio Williams, un poco más atrás, quien se lleva las 750 libras del premio. Incluso lejos del ruido de los motores, Monza sigue siendo una competición pura.

Tres años más tarde, el plano se centra en el rostro marcado de Niki Lauda. Las cicatrices de su accidente casi mortal en el Nürburgring aún están frescas. Solo han pasado seis semanas. El austríaco vuelve con Ferrari, en dolor constante, para seguir peleando el título contra James Hunt. Termina cuarto en Italia y amplía su ventaja, aunque al final del año el campeonato se le escapa por un solo punto. Lauda, en Monza, encarna la versión más cruda del piloto: vulnerable, testarudo, indomable.

En 1978, el caos estalla detrás de los líderes en la salida. Múltiples coches implicados, fuego, confusión. Ronnie Peterson queda atrapado en su Lotus destrozado, con graves lesiones en las piernas. Otros pilotos lo ayudan a salir. Las heridas no parecen mortales, pero el tratamiento se retrasa. A la mañana siguiente, el sueco muere por una embolia. Ese mismo día, su compañero Mario Andretti se proclama campeón del mundo. Después, deja una frase que hiela: “Desgraciadamente, las carreras también son esto”. Monza obliga al paddock a mirarse en el espejo.

El rugido de Ferrari y los golpes del destino

En 1988, McLaren domina la temporada con puño de hierro. Solo falta Monza para firmar un pleno de victorias. Parecía hecho. Hasta que Jean-Louis Schlesser, sustituto de Nigel Mansell en Williams, impacta con Ayrton Senna cuando el brasileño intenta doblarlo a dos vueltas del final. Senna queda fuera. El circuito estalla: Ferrari firma un doblete con Gerhard Berger y Michele Alboreto. El triunfo llega pocas semanas después de la muerte de Enzo Ferrari. Alegría desatada, con un nudo en la garganta.

Cinco años más tarde, en 1993, el mismo punto del trazado vuelve a ser protagonista. Senna se toca en la salida con otro Williams, el de Damon Hill. Esta vez ambos continúan, y Hill remonta hasta ganar la carrera. Monza no olvida, pero tampoco repite exactamente la misma historia.

En esa misma edición, la imagen más insólita la protagoniza un Minardi. El coche de Christian Fittipaldi vuela, da una voltereta y aterriza boca abajo tras chocar con su compañero Pierluigi Martini en la aproximación a la meta. Los dos salen ilesos. Por pura inercia, Fittipaldi cruza la línea de llegada cuando el coche vuelve a tocar el asfalto. Termina octavo, justo detrás de Martini. Un accidente que parece de dibujos animados, con consecuencias milagrosamente leves.

En 1999, el plano se queda con un hombre solo: Mika Häkkinen, sentado, llorando, tras salirse cuando lideraba la carrera con su McLaren. Piensa que ha tirado el título. No será así. Acabará batiendo a Eddie Irvine, de Ferrari, por el campeonato. Monza, sin embargo, le deja una herida emocional que nunca se borrará del todo.

Un año después, el rojo manda. Los tifosi invaden la recta de meta para celebrar la victoria de Michael Schumacher en 2000. Es una pieza clave en el camino hacia el primero de sus cinco títulos consecutivos con Ferrari. La marea roja convierte el asfalto en una plaza italiana en plena fiesta. Schumacher, Ferrari y Monza: una trinidad que define una época.

Caos moderno y la era del halo

Con los años, las chicanes intentan domar la velocidad, pero no el caos. La primera variante se convierte en punto caliente. En 2011, la salida ofrece una imagen casi cómica: coches encarados en direcciones imposibles, salidas de pista, pequeños toques por todos lados. Monza no entiende de arranques tranquilos.

En 2021, el circuito vuelve a ser epicentro del título. Max Verstappen y Lewis Hamilton, inmersos en una temporada incendiaria, se encuentran en la primera chicane. Toque, descontrol y el Red Bull del neerlandés aterriza sobre el Mercedes del británico. La estructura del halo queda a la vista, soportando el impacto. Probablemente evita una lesión grave a Hamilton. Monza, que tantas veces ha sido escenario de tragedias, muestra esta vez el avance de una seguridad que se construyó, precisamente, sobre aquellas pérdidas.

Del primer campeón del mundo coronado en casa a un título decidido por un coche volando sobre otro, Monza ha sido siempre lo mismo: un espejo brutal de lo que es la Fórmula 1 en cada época. Velocidad, riesgo, gloria y cicatrices. Y una pregunta que nunca deja de flotar sobre los árboles del parque: qué nuevo capítulo está esperando en la siguiente vuelta.