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Portland Fire regresa con gran afición: una temporada sin playoffs

Portland no necesitó una carrera de ‘playoffs’ para enamorarse de nuevo del baloncesto femenino. Le bastó con reencontrarse con un nombre, Portland Fire, y con un grupo de jugadoras que se presentó sin grandes titulares, pero con una idea muy clara: competir, conectar y llenar el Moda Center.

No lograron meterse en la postemporada. Eso es un dato frío. El otro, mucho más revelador, está en las gradas: cuarto mejor promedio de asistencia de toda la liga, por encima de los 14.500 aficionados por partido. Para un equipo en su temporada inaugural, la cifra habla sola. Portland respondió. Y lo hizo con la intensidad habitual con la que la ciudad abraza el deporte femenino.

El ‘Fire Pit’: un apodo, una identidad

El Moda Center cambió de piel. En la cartelería, en las redes, en la conversación de la afición, dejó de ser solo un pabellón compartido y pasó a ser “The Fire Pit”. Un apodo sencillo, pero poderoso, que terminó por definir la atmósfera de cada noche en casa: ruido, color, calidez. Y una sensación constante de pertenencia.

Ganaran o perdieran, los partidos en Portland se parecieron más a una celebración que a una simple cita de calendario. Buen ambiente, fidelidad en las gradas y una relación inmediata entre el público y un vestuario que se reconoce en un mismo relato: el de las olvidadas.

Un equipo de “pasadas por alto”

En el centro de esa historia aparece Megan DiLeo, conocida antes como Megan Gustafson. Pívot, referencia interior y voz clara cuando se trata de explicar qué significa este proyecto. Ella misma definió al grupo como “un montón de jugadoras pasadas por alto”, una etiqueta que, lejos de sonar a queja, se ha convertido en combustible competitivo.

DiLeo ha sido directa al hablar de su experiencia: no se había sentido realmente respetada como atleta hasta llegar a la Rose City. En Portland encontró minutos, rol y, sobre todo, una grada que la miró como protagonista y no como complemento. Para una franquicia recién reconstruida, esa conexión emocional vale casi tanto como un puesto de ‘playoffs’.

Una primera temporada con luces y sombras… y una base sólida

Los retos deportivos han sido evidentes. Ajustar un vestuario nuevo, construir química, aprender a sufrir partidos cerrados en una liga exigente. El Fire no terminó de encontrar la regularidad necesaria para pelear por las últimas plazas de postemporada, pero sí dejó algo que no se entrena: la sensación de que el proyecto tiene alma.

Cada derrota en casa llegaba envuelta en algo poco habitual para un equipo que no gana lo suficiente: comprensión, paciencia y apoyo. El público se quedó, aplaudió, regresó al siguiente partido. Esa constancia explica por qué el Fire ha cerrado el curso tan arriba en asistencia, por delante de franquicias con más recorrido y más éxitos recientes.

Voces de una afición que llevaba años esperando

Para entender el impacto de esta primera temporada, basta escuchar a quienes han seguido el baloncesto femenino toda su vida. Kyra Buckley, periodista de negocios en OPB, y Rev Shines, conductor de “Today’s Good News” en KMHD, se han convertido en dos de las voces que mejor han sabido poner en contexto lo que significa el regreso del Fire.

Ambos han diseccionado las alegrías y los desafíos de este año inaugural: desde la emoción de ver de nuevo un equipo profesional femenino en la ciudad, hasta la exigencia de que el proyecto no se quede en una moda pasajera. Entre sus análisis aparece una idea recurrente: Portland no solo consume deporte femenino, lo defiende.

Lo que viene después del fuego inicial

La primera temporada del renacido Portland Fire se marcha sin trofeo ni carrera épica, pero deja algo más difícil de conseguir: una base. Un pabellón bautizado por la propia plantilla, una afición que ya se siente parte del equipo y un grupo de jugadoras que ha transformado la etiqueta de “pasadas por alto” en una declaración de intenciones.

Ahora llega el tramo decisivo, el que no se juega sobre el parqué: consolidar el proyecto, retocar la plantilla y demostrar que este año no fue un destello aislado, sino el inicio de una llama que Portland no piensa dejar apagar.