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Madrid debuta en la F1: un circuito que deslumbra pero decepciona

El estreno de la Fórmula 1 en Madrid dejó una sensación extraña: gran decorado, gran reto a una vuelta, carrera pobre. Un Gran Premio levantado con mimo alrededor del espectáculo… pero con un pecado capital en este deporte: casi nadie pudo adelantar.

Un lienzo nuevo, una vieja frustración

En 2026, cuesta entender que se siga aprobando un trazado de F1 sin zonas claras de adelantamiento. Un circuito nuevo es, en teoría, un folio en blanco. Madrid lo ha aprovechado para ofrecer una vuelta rápida muy vistosa, un desafío técnico notable y caos divertido en F2 y F3. Pero el domingo, cuando se trata de que los coches compitan de verdad, el diseño se quedó corto.

Puedes montar el mejor evento del mundo: afición entregada, ubicación potente, curvas icónicas, transporte impecable. Si el trazado no permite carreras vivas, todo eso se diluye. Y lo más llamativo es que el problema se veía venir desde que se publicó el plano. Nadie podía fingir sorpresa. Aun así, nadie movió una sola pared.

Tradición moderna: circuitos donde no se pasa

La nueva cita del calendario ha mantenido, casi con ironía, una tendencia reciente: otro circuito en el que adelantar roza lo imposible. Lograrlo tan a menudo parece ya una disciplina propia.

El Madring —como se ha bautizado al trazado— tiene ingredientes que gustan a los pilotos. Es técnico, exigente y no fue el festival de accidentes que algunos auguraban. Cuando hubo incidentes, sí quedó expuesto otro problema: la gestión de la pista. El golpe de Ollie Bearman en la FP3 lo dejó claro. Retirar el coche fue sencillo; reparar las barreras Tecpro, una odisea.

La imagen de dos comisarios empujando a pulso una barrera diseñada para absorber el impacto de un monoplaza de 900 kilos a alta velocidad fue casi cómica. El tiempo perdido, no tanto.

La carrera también volvió a subrayar el componente de lotería que pueden introducir el Virtual Safety Car y el coche de seguridad. Lando Norris tenía el ritmo para ganar, lo reconocieron sus rivales. Pero la salida de pista de Lance Stroll y el VSC que provocó le arrancaron la victoria de las manos. El sistema es sencillo de ajustar. La pregunta es por qué nadie con poder se decide a hacerlo.

Un diseño que roza lo brillante… y se queda a medio metro

El Madring es el ejemplo perfecto de lo difícil que es crear un circuito nuevo de primer nivel. Para clasificación, es una delicia. Una vuelta al límite, un examen crudo del talento del piloto. El trazado parece concebido con una consigna clara: “¿Cómo exprimimos al máximo a los pilotos a una vuelta?”. En eso, sobresale.

El problema es que varios rasgos de su diseño, que no eran imprescindibles para mantener ese desafío, han destrozado las opciones de adelantamiento. Una calle urbana no es fácil de ensanchar, pero este circuito es estrecho justo donde más falta hace el espacio. Y faltan zonas de frenada limpia, rectas que acaben en puntos donde se pueda frenar recto y tirarse por dentro, sin tener que combinar al límite giro y frenada.

No hay excusa real. Es un urbano, sí, pero concebido desde el principio para la F1. No es un trazado heredado de turismos o F3. No se diseñó para que lucieran otras categorías. Y por eso duele más la sensación de oportunidad perdida.

Da la impresión de que el circuito está a un par de muros recolocados y un par de frenadas más planas y cómodas de convertirse en un trazado excelente para correr, no solo para rodar rápido. Tan cerca… y tan lejos.

La comparación inevitable fue Macau. Allí también es difícil adelantar fuera de sus grandes rectas, de Fishermen’s a R y de R a Lisboa. No es un problema nuevo. Pero el Madring tenía una flexibilidad que Macau, encajado en un callejero histórico, nunca tuvo. Precisamente por eso, el juicio es más severo.

Un evento brillante, una carrera plana

La defensa habitual de los urbanos se escuchó también esta vez. Hay quien reivindica su encanto, incluso los más criticados. Hay quien disfrutó en su día del Valencia urbano y de otros circuitos objetivamente pobres para el espectáculo, pero con una atmósfera particular.

Madrid, como evento, ofreció mucho: ambiente, imágenes on board muy atractivas, planos a pie de pista que mostraban un trazado espectacular a una vuelta. El Madring, visto desde dentro del casco, seduce.

Pero la carrera se quedó sin pulso. Un coche tan rápido como el McLaren de Norris, tras verse retrasado, debería haber tenido opciones reales de remontada. No las tuvo. Charles Leclerc logró aguantar demasiado tiempo delante sin pasar por boxes. Demasiados pilotos se quedaron atrapados en un tráfico del que, con un diseño distinto, habrían escapado. Y cuando el pelotón se encadena sin poder desatarse, la intriga muere.

No parece que el remedio requiera una revolución. Una elección de compuestos de neumáticos mucho más agresiva podría cambiar el guion sin tocar el asfalto. O quizá baste con un par de ajustes quirúrgicos en el trazado.

El Madring ha demostrado que puede ser un gran escenario. Ahora le toca decidir si quiere ser algo más que eso: un circuito donde la F1 no solo se vea bien, sino donde realmente se corra.