Rio y su torneo perfecto en Brazilian Jiu-Jitsu
En el tatami, el uniforme lo dice todo.
En las divisiones de Gi, la escena es clásica: chaqueta y pantalones de algodón grueso, cinturón anudado con el color del rango. La tela se convierte en arma. Se agarra, se tira, se usa para desequilibrar, controlar, estrangular. Cada pliegue es una oportunidad.
En No-Gi, el juego cambia. Camisetas ajustadas de material sintético, board shorts, nada de solapas que sujetar. El agarre va directo al cuerpo: underhooks, controles de muñeca, body locks. Es el mismo deporte, pero con otro idioma.
Las categorías están milimétricamente ordenadas: sexo, cinturón, edad, peso. No hay lugar para las dudas, solo para el combate.
Torneo Perfecto
En ese escenario, Rio firmó un torneo perfecto. Dos rivales, dos países distintos —Mongolia y México— y un mismo desenlace: oro. La primera victoria llegó casi sin dar tiempo a respirar, con un Aoki lock a la pierna en el primer minuto. Un ajuste rápido, presión precisa y tap inmediato. Mensaje claro.
La final tuvo otro guion. Esta vez, un triángulo. Estrangulación limpia, de manual, hasta la rendición. Más que un recurso técnico, un homenaje.
Porque, para Rio, esta medalla negra internacional tiene un peso distinto. No por el metal en sí, que asegura que no le obsesiona, sino por la forma en que cerró el torneo: con la técnica que dominaba su entrenador, Damian Smith, especialista en triángulos y figura clave en su formación.
Cuando sintió el hueco para encajar las piernas y cerrar el triángulo, no estaba solo en la cabeza. Le vinieron las imágenes de todos esos torneos en los que Damian le había guiado desde la esquina. En su mente, era la manera perfecta de terminar.
Camino al Campeonato
El contexto hacía todo aún más intenso. El camino hasta el campeonato había sido, según él, el peor que recuerda. Una enfermedad invernal lo dejó tocado físicamente en la preparación. Y, a nivel mental, perder a su entrenador apenas un mes antes del evento fue un golpe duro de asimilar.
Quizá por eso, salir al tatami y “ir a tope”, como confesó, tuvo un sabor distinto. El torneo, una vez empezó, se sintió como cualquier otro. Mismas sensaciones, misma concentración. Pero el trasfondo era otro.
Agradecimientos
Al bajar del podio, Rio repartió el mérito. Agradeció a su equipo en Gracie Allegiance Ahuriri y Gracie Allegiance Team New Zealand, y también a sus amigos y compañeros de entrenamiento en los gimnasios de Brazilian Jiu-Jitsu de Hawke’s Bay. Para él, el éxito en las artes marciales es imposible sin un buen entorno.
Lo resume con una idea sencilla: sin compañeros, no hay progreso. En Hawke’s Bay, explica, la comunidad de BJJ es estrecha, muy unida. Entrenas el tiempo suficiente y terminas conociendo casi todos los gimnasios y a la buena gente que los llena.
Futuro
Ahora, Rio y su pareja y también entrenadora, Yukako Mori, alargan su estancia en Japón. Unas semanas más para visitar amigos, acumular horas de tatami y seguir mezclando Brazilian Jiu-Jitsu y Judo. No hay pausa real, solo otro tipo de trabajo.
Cuando regresen a Hawke’s Bay, el plan es claro: seguir entrenando en Ahuriri y mantener vivo el mismo motor que le llevó al oro. Divertirse con el Jiu-Jitsu.
Porque para Rio, el BJJ es muchas cosas a la vez: una herramienta útil de defensa personal, una forma de mantenerse activo sin que se sienta como una obligación y, sobre todo, una fábrica de amistades que duran años. La puerta, insiste, está abierta para cualquiera.
Y en un deporte donde el ego suele entrar al tatami antes que el competidor, no deja de ser revelador que, incluso tras un oro internacional, lo que más valore no sea la medalla, sino la gente con la que la ganó… y el triángulo que lanzó pensando en su entrenador.



